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Nada en su lugar Tras años sin entrar al juego, hacer una visita por nostalgia a las tierras de Tibia puede comportar sentirse totalmente perdido. Este viejo jugador, con una cuenta del año 2004, nos muestra en qué situación se encontró al entrar, y...

Historia De La Sangre Del Pueblo (I)

Historia de La sangre del pueblo (I)
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Durante el reinado de Horgus III, las ciudades humanas gozaban de la prosperidad que era de esperar en tiempos de paz. Los elfos vivían tranquilos, al margen del mundo, en la frondosa ciudad de Ab’Dendriel. Por su parte, los barbudos enanos se iban desenterrando poco a poco después de su aislamiento tras la guerra. Habían reanudado el comercio con los humanos poco después del conflicto, lo cual aceleró el proceso de recuperación económica y permitió a ambas razas superar la crisis provocada por la guerra rápidamente.

Era la época dorada; si durante la guerra y en los años posteriores el mundo había sido un mar embravecido, era ahora un tranquilo lago rodeado de minas de oro. La furia de la tormenta había pasado, y los habitantes del mundo miraban ahora al sol radiante con ojos llenos de felicidad.

Ante este gran crecimiento económico, el rey Horgus había decidido expandir sus territorios para encontrar, y, por supuesto, explotar, nuevos recursos económicos. Los mejores guerreros y los eruditos más sabios en la materia partieron por los mares buscando nuevas islas. Tras un par de expediciones fallidas, se descubrieron dos islas: la fría Svargrond, al norte de Carlin, y un archipiélago al sudoeste de Thais que pasaría a ser conocido como las Islas Trastornadas. Ambos territorios fueron conquistados inmediatamente por el Imperio del Horgus III, y se edificaron pequeños puertos comerciales que con los años pasarían a ser ciudades con cierta autonomía. A muchos presos se les dio la oportunidad de cambiar su húmeda celda por una humilde vivienda en uno de estos puertos comerciales apenas civilizados. Especialmente en Bahía Libertad; de ahí su nombre y su reputación delincuente.

Durante estos años de paz, el rey Horgus, que a sus cincuenta años había liderado una brutal y desastrosa guerra, se iba venciendo a la edad. Veinte años después de la guerra, víctima de una enfermedad cardíaca, el anciano rey murió. Tras un lujoso funeral público, su cuerpo fue transportado a la Isla de los Reyes y enterrado junto a sus ancestros. Una vez superada la conmoción que causó la muerte del rey, muy querido por el pueblo, sus antiguos consejeros expusieron un problema crucial. Se trataba de la sucesión al trono, ya que, por una caprichosa burla del destino, el rey había muerto sin descendencia. Al instante, las casas nobles que se consideraban con poder suficiente expusieron sus flamantes candidatos, que, por medio de exageradas adulaciones, brillaban como si fuesen de oro. Muchos fueron descartados rápidamente por los consejeros del rey, pero hubo cinco (casualmente los candidatos de las casas más poderosas), entre los cuales los consejeros no supieron decidir.
A raíz de todo esto, empezó una silenciosa guerra entre familias nobles. Cada miembro de la nobleza se alió con una de las cinco casas reinantes para asegurarse un poco de poder en el futuro. La burguesía procuró, en cambio, mantener un equilibrio en sus relaciones con las Cinco Casas. Y, por supuesto, el pueblo llano se mantuvo como siempre: tan abajo que ni aun saltando podía rozar siquiera la opulenta nobleza.


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